LUZ Y TAQUÍGRAFOS
La historia del fútbol español, como advertí en una ocasión anterior que ahora no acierto a precisar, está llena de rincones oscuros dentro de la general penumbra en la que está inmersa. Aun así y todo, no es lo más grave ese ambiente de cueva poco menos que inexplorada, sino las telarañas depositadas en cualquier parte de sus rugosas paredes. Estas “cortinas” entenebrecen aún más lo lóbrego de ese pasadizo en el que se ha convertido el trayecto histórico del fútbol español.
Unos primeros exploradores, ¡benditos sean!, llevaron sus deseos por ese recorrido que estaba, hasta su llegada, en continúa y completa oscuridad. Eran unos benéficos estudiosos provistos de unas modestas antorchas que sólo iluminaban parcial, aunque arrebatadamente, ese trayecto.
Luego llegaron los mercaderes, quienes, sin aportar ninguna iluminación, rasparon la luz cubriendo esos desconchones con las telarañas. De tal suerte empezó la espiral de la confusión, refriteros sobre refritos que oscurecían lo ya sin reflejos válidos. Y como los viejos piratas, ¡malditos sean!, han ido dejando grandes masas imantadas que desvían los barcos de la buena fe de los catecúmenos hacia abismos de error y mentira.
Desgraciadamente el oficio de historiador, es en nuestro fútbol, como el del antiguo minero que sólo se iluminaba con una exigua llama de carburo, en donde se precisan focos –voltios los llaman en el cine- para llegar a disipar esos centros de negrura irredenta.
Una luz que se abre paso por ese laberinto siempre es de agradecer por todos cuantos amamos la historia de nuestro fútbol. Eso es lo que hay que agradecer a Antonio Balmont que lleva su modesto reverbero hacia un polémico rincón con argumentos sólidos y que se ofrece para resolver cualquier controversia sobre sus argumentos. Ese es el juego de la Historia. Gracias por ello.
Ir al prólogo de Víctor Martínez Patón |